|
|
|||||||||
Un reflejo azulado recorre la mano mecánica de acero con forma de pinza. Las dos grandes piezas se abren y cierran rápidamente. El ruido producido al entrechocar entre sí, ocasiona un escalofrío a más de uno. Es lanzada como un proyectil contra la estructura del exoesqueleto contrario. La mano se dirige a la carne humana, pero su trayectoria es desviada por un brazo mecánico, dotado de una broca taladradora de cincuenta milímetros de diámetro. Se producen chispas al impactar metal contra metal. El exoesqueleto de carga atacante de pintura azul desconchada, casi pierde el equilibrio. Retrocede con andares de pato. El ruido de sus servomecanismos taladra la atmósfera enviciada. El operador del exoesqueleto rival esgrime una sonrisa retadora. Su mano derecha abandona momentáneamente la palanca de mando, para accionar un luminoso botón colorado. La intensidad de la luz de éste se incrementa al ser conmutado, reflejándose en la retina de sus ojos inyectados en sangre. La servosierra de su ciberbrazo izquierdo se acciona. La cadena desplaza la multitud de dientes a una velocidad endiablada, en un bucle infinito. La carne de su brazo izquierdo vibra. La sierra mecánica rasga el aire, seccionando el cable de control de los servomecanismos de la pata izquierda del exoesqueleto de carga. El exoesqueleto herido comienza a girar sobre su pata dañada, lo mismo que si se tratara de una peonza. Los movimientos que realiza podrían parecer divertidos, pero el operador acciona los mandos dramáticamente, con ojos desorbitados. El público ríe. El exoesqueleto de construcción rodea a la presa herida. Su operador parece saborear la tragedia que sabe va a ocurrir. Espera a que en una de sus vueltas se encare hacia él, entonces presiona el botón verde. La gigantesca taladradora se pone en funcionamiento. Su cuerpo se agita dentro de la carcasa de su máquina, a consecuencia del funcionamiento de sus dos mejores armas, alojadas en los extremos de sus ciberbrazos. El público se levanta de sus asientos, grita exaltado, ávido de sangre. El operador del exoesqueleto azul observa como la gigantesca broca se dirige hacia su cabeza. Lo único que puede hacer es abrir su boca cuando el metal taladra su cráneo de lado a lado. Apenas grita. Su cuerpo yace inerte, sostenido únicamente por la estructura del exoesqueleto, que ha detenido su giro incontrolado. El operador del exoesqueleto vencedor se muerde la lengua, intenta contener su euforia. El público permanece en silencio. Desconecta el taladro y retira lentamente el cilindro espiralado. La cabeza humana se tuerce hacia ese lado; la broca se resiste a salir. Vuelve a ponerlo en marcha, y sale con la misma facilidad que lo hace un cuchillo hundido en mantequilla. Restos de masa encefálica salpican su rostro al salir despedidos desde la broca giratoria. Cierra los ojos, y se limpia la cara con el dorso de la mano izquierda. De la cabeza del cadáver salen chorros de sangre a ambos lados. El público se levanta de los asientos y grita eufórico exclamando sus atroces deseos de que continúe la orgía de carne y metal. El exoesqueleto vencedor empuja a su víctima. Las patas de la tecnológica máquina se doblan por la mitad, hacia atrás, al revés de como lo harían las piernas de una persona. A consecuencia de ello, fuerza a que las extremidades inferiores del operador se doblen también en la misma dirección, produciendo un estremecedor ruido de huesos rotos y músculos desgarrados. La sofisticada máquina de carga cae de bruces, levantando una nube de polvo. El exoesqueleto se abalanza sobre él, y continúa con la masacre, predominando el ruido de la servosierra por encima del griterío del público. —¡Bien! ¡Sí señor, a esto lo llamo yo un trabajo bien hecho! —el presentador del combate sonríe, mostrando una dentadura de dientes metálicos.— ¡Cien mil créditos para el ganador! —La multitud de ojos continúa observando el sangriento espectáculo, que es detenido finalmente por dos corpulentos robots dirigidos por control remoto. El presentador se acerca aún más a la cámara de holovisión. La imagen fantasmagórica del presentador se desvanece en la atmósfera de la habitación, incluido su dedo acusador. El resplandor de las explosiones, en forma de imágenes tridimensionales, acaricia ahora la retina de sus estáticos ojos. La presentadora, sudorosa, intenta explicar el ajuste de cuentas entre dos bandas de virtutraficantes. Media docena de automóviles arden y continúan explotando, iluminando una de las calles del sur de Chinatown. Un robot bomba ha segado de raíz, las vidas de una competente banda de traficantes de Sueños Virtuales. Los labios agrietados vuelven a dar una orden verbal de cambio de canal. El ratón Jerry corretea perseguido por el inseparable Tom, armado de una escoba y con cara de malas pulgas. De la boca de labios agrietados surge una carcajada. La mano hurga en la bolsa de papel reciclado. Toca el fondo no encontrando nada. Una gota de sudor cae encima de la bolsa. — Mierda —piensa. Se habían acabado las palomitas de maíz de alto contenido en sal con sabor a pollo. Lava su cara, pues el sudor le hace parecer un psicópata asesino en plena fiebre de locura por matar. Maldito calor. Una tobera de aire caliente seca su rostro. Observa en el espejo la barba de tres días, que le otorga ese aspecto de tipo duro que desea. Se dirige a la puerta de salida, recogiendo antes la máscara anti-smog. Engorrosa, pero necesaria. El índice de smog no había bajado un ápice desde hacía tres días. San Francisco era así. Smog, contaminación en forma de nube mortal. En Chinatown, la parte más densa permanecía a varios metros sobre el suelo, y eso era una suerte. La puerta se cierra tras él con el característico sonido electromagnético. El olor a orín llega hasta sus fosas nasales. La escalera parece un urinario público. Mejor no comentar detenidamente los deshechos sólidos. Sortea dos adictos a Sueños Virtuales prohibidos, alucinando en medio del rellano, sus ojos cerros. Sus cuerpos tiemblan, y no de frío precisamente. Se introduce en la cámara estanco. La puerta se cierra tras él. Una luz roja parpadea, luego muere lentamente. Se coloca la máscara en un gesto automático, y abre la puerta de salida. El aire caliente le abofetea. La noche está animada, como siempre. Los luminosos anuncios de neón confunden el sentido básico de la información. A lo lejos se escuchan las detonaciones de armas de fuego automáticas. Sus pasos se dirigen a una cercana tienda, abierta las veinticuatro horas. Una docena de virtutraficantes motorizados invaden la acera. Los motores de sus máquinas cromadas braman sobreponiéndose al resto de los sonidos de la noche. Los cristales de las ventanas tiemblan. Las máquinas de alta velocidad son muy anchas, por eso las piernas de sus pilotos están arqueadas, en una postura que parece dolorosa. Los virtutraficantes motorizados van armados con pequeñas armas automáticas que brillan a la luz del neón, colgadas de cintas de cuero sintético, bamboleándose sobre sus espaldas. Pasan al lado de él, prepotentes. Uno de los virtutraficantes detiene su máquina, y le muestra la palma de su enguantada mano, donde hay una pareja de diminutos biochips de Sueños Virtuales autónomos, claramente usados, presumiblemente prohibidos. El piloto esconde su mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero, y le muestra otros cuatro diferentes. El piloto dirige su mano a la automática, sin embargo cambia la trayectoria de su diestra con un gruñido, y hurga en el otro bolsillo de cuero. Saca un único biochip. El virtutraficante le tiende una diminuta pantalla. La mano se posa sobre la superficie. Un luminoso haz láser realiza un escáner de sus huellas dactilares. El dedo teclea un código alfanumérico en el diminuto teclado. Dos mil créditos son descontados de su cuenta. El biochip pasa a su poder. El virtutraficante acelera su máquina abusivamente. El neumático reciclado posterior rechina sobre la acera. La moto se dispara hacia delante con el fuerte rugido de su motor, casi rozándole antes de doblar la esquina y reunirse con el grupo. Sueños Virtuales, Realidad Virtual transformada tras las frontera del siglo XX. Algunos de estos Sueños eran una peligrosa droga, prohibida. El sistema nervioso se hundía, los adictos querían algo más excitante, más mortal; los virtutraficantes siempre les proporcionaban lo último. La ley intentaba erradicar a estos comerciantes armados, pero las bandas eran más poderosas cada día que pasaba. El Chinatown multirracial era el centro de distribución de Sueños Virtuales ilegales de la ciudad de San Francisco. El pasaba de toda esa mierda psicodélica. Prefería una buena experiencia Virtual de calidad. Amiga Corporation hacía muy buenos Sueños, los mejores. Mientras caminaba hacia la tienda, nota un picor en la base de la nuca, precisamente donde se encuentra el diminuto conector de Sueños Virtuales. Aquella clínica robótica en donde le implantaron el conector a los cinco años de edad, tenía cierta similitud con un matadero. Un día de éstos iría a una clínica decente para cambiar su antiguo conector, por uno bañado en oro. El hombre de labios agrietados traspasa la cámara estanco de la tienda. El corrupto aire es reciclado, convertido en respirable. El local huele a rancio. Las estanterías están medio vacías de género. El suelo bajo sus pies, pegajoso. Se dirige al mostrador, y saluda verbalmente al dueño de la tienda. Su voz es distorsionada por la máscara, pareciendo más un gruñido que un saludo. El dueño le apunta con una Smith & Wesson de dos cañones, que parece haber surgido de la nada. Su cara es de pocos amigos. — ¡Carl, que soy yo! —exclama con la voz nuevamente distorsionada por la máscara. Pero el miedo se apodera del dueño, y le hace entender: ¡Cerdo, te mataré!. Quita el seguro de la automática y un láser rojo de baja intensidad, se proyecta sobre la cabeza del recién llegado: el punto rojo tiembla entre las cejas. El dedo índice comienza a desplazar lentamente el gatillo. El visitante mira con ojos desorbitados los dos cañones del arma, y cree ver al final de los orificios, la afilada y brillante punta de los dos proyectiles, agazapados en las sombras, preparados para salir y perforar la carne y el hueso. De pronto, se da cuenta que aún lleva la máscara. Rápidamente se la quita. El dueño sonríe y guarda la automática en su funda sobaquera. — ¡Joder Mike, vaya susto me has pegado, condenado!— Carl reconoce el rostro de uno de sus clientes—. ¡Creía que eras un atracador!. Carl sonríe, y se da cuenta de lo estúpido que ha sido al no reconocerlo. Se da la vuelta y coge de una estantería dos bolsas de palomitas de maíz con sabor a pollo, lo de siempre. Al darse la vuelta, Stein no puede evitar fijarse en la placa de acero que lleva en la cabeza, fruto de un tiroteo producido en su tienda hace un año. Mike paga el género, utilizando el lector de huellas dactilares. Sale al exterior portando las bolsas. La máscara le hace sudar copiosamente. Cuarenta y tres grados de calor, efecto invernadero. A cincuenta metros de Stein, en la misma acera, las puertas de una tienda saltan por los aires en una estruendosa explosión. Los saqueadores se lanzan en tropel aullando como fieras salvajes. Stein apresura sus pasos y entra en el edificio, medio tropezando con la permanente basura esparcida sobre la acera. * El videofono suena pasada la medianoche. Stein abre sus ojos. Al principio no sabe qué lo ha despertado. Entonces vuelve a sonar. Desconecta verbalmente el holovisor. La imagen tridimensional de un jugador de Contact Basketball se desvanece. Se acerca al videofono, y le habla para que le pase la llamada. Un bello rostro femenino, de origen oriental, aparece suspendido a escasa distancia del aparato. — Buenas noches, Señor Stein. El Sr. Sato desea hablar con usted —la voz de la chica es dulce, su acento Japonés. El iris de sus ojos es de color cyan: lentes de contacto permanente implantadas quirúrgicamente. Coge el diminuto RSV -Receptor de Sueños Virtuales-, y comprueba que todavía tiene energía. Se sienta en el sillón, y aprieta el pequeño conmutador de encendido del aparato: un led parpadea. Dirige su mano a la base de la nuca, insertándolo. La clavija de conexión roza las paredes metálicas del conector. El apartamento desaparece de su visión. Un segundo después, se visualiza frente a sus ojos una imagen Virtual de una mano en movimiento, que introduce un biochip RSV repetidamente. Se había olvidado de conmutar su RSV marca Amiga, en modo conexión remota. Ahora la posición del interruptor estaba en modo carga de biochips de Sueños Virtuales autónomos, por eso esa mano Virtual le pedía que introdujese un biochip. Había probado ese último biochip que le vendió el traficante, hacía escasas horas. Dio la orden verbal de conexión remota, y la mano desapareció, para dar paso a una especie de pequeña habitación de color turquesa. Se siente encerrado, pero sabe que sólo es una sensación irreal, porque todo lo que está viendo, escuchando, sintiendo a partir de ese momento, es simulado. Mueve una mano semi-real por delante de sus ojos, y traza un círculo en el no-aire, en el sentido contrario al de las agujas de un reloj. Parece como si su mano dejase un rastro brillante multicolor de extrañas partículas, que pronto desaparece. De improviso, se materializa un panel suspendido en el no-aire, repleto de celdillas con palabras tridimensionales en su interior. Su mano atraviesa una de las palabras del semi-transparente panel. Un teclado alfanumérico aparece a la altura de su pecho. Roza las teclas con sus dedos, introduciendo el nombre de la ciudad, y el código "SATO4". Las palabras aparecen en grandes caracteres, de un verde brillante. Un satélite de comunicaciones en órbita geo-estacionaria alrededor de la Tierra, recibe la petición de comunicación en forma de series binarias. Las manda al registro "SATO4", de Tokio. El procesador de "SATO4", tiene orden de aceptar la virtuconferencia a cobro revertido. La habitación turquesa se desvanece. El alter ego Virtual de Mike se proyecta en un viaje vertiginoso de tres segundos, a través de un túnel multicolor. Todo se detiene a su alrededor —¿o es él, el que se detiene?—. Enfrente, una puerta de simulada madera, con un logotipo por él conocido y dos palabras: "AMIGA CORP.". Sin ningún esfuerzo físico empuja la puerta, entrando en una habitación decorada lujosamente con ornamentos y figuras de la edad media Japonesa. La luz del sol entra por una de las ventanas, proyectando sombras amenazadoras de las estatuas de guerreros Samurai. Una representación casi perfecta del hombre con el que ha hablado por el videofono, se levanta de la silla tras una enorme mesa de ébano. —Siéntese —habla el Sato Virtual, señalándole una pequeña plataforma que levita estacionariamente a un metro sobre el suelo. Stein se siente intimidado ante el lujo que percibe a su alrededor. Un buen trabajo de un decorador Virtual. Intenta que su cultura y modales no defrauden al anfitrión. (Continuará) |
| Envía esta página web a un amigo: Esta opción está desactivada temporalmente, rogamos disculpen las molestias |
|